El hecho de que los niños mientan no implica sino una cosa positiva y muy simple: son inteligentes y tienen intenciones. Cuanto antes es capaz un niño de mentir mas inteligente es, así que no se asusten y como siempre les digo, tomenlo con calma.
La mentira es una estrategia compleja para evitar las consecuencias de tomar determinadas decisiones, y actuar de determinadas formas. Implica un análisis elaborado del entorno, de la realidad. Supone el conocer perfectamente la naturaleza del acto realizado, y proyectar las futuras consecuencias. Es un intento de evitar estas consecuencias, presentando a los otros una realidad maquillada y por tanto diferente. Por supuesto, el niño debe aprender que el mentir, a su vez, tiene consecuencias, aparejadas a la gravedad de la mentira.

Si el niño miente de modo constante, puede indicar un exceso de temor a las reacciones de los padres, o bien, que estamos aplicando demasiadas normas que seguramente invaden espacios que deberían de estar menos constreñidos. Por ejemplo, si nos enfada que el niño se ensucie en la calle cuando juega, y tenemos en cuenta que esto es esperable, natural y lógico en los niños, la tendencia de nuestro hijo será engañarnos sobre ello, simplemente escondiendo la ropa. Aquí el problema es la norma, ya que a un niño de según que edad, le resultará muy complicado no jugar, o jugar sin cierto, digamos, ensuciamiento.
Quizás la psicología ha alimentado el temor de los padres ante comportamientos normales o al menos con una explicación tranquilizadora como esta, alimentando la leyenda con figuras como la del mentiroso compulsivo. Estoy convencido de que en la inmensa mayoría de las ocasiones, las mentiras obedecen a explicaciones tan simples como las que les he expuesto.